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Académicos y literarios ya habían anunciado ciclos de crisis en Sudamérica

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19/11/2019 13:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las letras e historia jamás se equivocan

Fuente Literaria

Frente al confuso panorama actual, recordemos a Fabricio del Dongo. El joven personaje de La Cartuja de Parma,  de Stendhal, estuvo corriendo de aquí para allá sin siquiera enterarse de que asistía a la batalla de Waterloo. Hoy hay muchísimos frentes abiertos en la discusión político-social. Bastantes de los cuales fueron inteligentemente planteados por Michael Sandel en su serie documental El Gran Debate (2017). A menudo no vemos la relación de unos con otros, aunque, llamativamente, los pensadores suelen alinearse en un mismo sentido, como atraídos por un invisible imán. Se discute, entre otras cosas, sobre la titularidad del derecho a la vida, sobre migraciones y demografía, sobre el transhumanismo y el humanismo, sobre las culturas nacionales o el globalismo, sobre el alcance de la democracia y el uso alternativo del Derecho, etc.

Sergio Martín (presenta y dirige “Los desayunos de TVE”) subrayó que un tuit que desmiente una falsedad apenas se retuitea, mientras que el original de la trola alcanza difusiones alarmantes, y que eso puede cargarse la credibilidad de cualquiera con puras falsedades. Añadió que la hipertextualidad de la escritura en internet (los enlaces) permite crear múltiples relatos.  Victoria Lafora (periodista) lamentó que los universitarios no lean periódicos, ni oigan la radio y que se informen solo por las redes sociales. Eso, unido a la crisis económica, a la pérdida de prestigio de la clase política y a la crisis del periodismo produce un estado de confusión considerable. Manuel Herrera (catedrático de Sociología, UNIR) señaló el cambio de época en que nos encontramos, una suerte de entreveramiento entre el romanticismo y el populismo, una reacción muchas veces contra lo racional que facilita el fenómeno de la postverdad. FinalmenteManuel Marín (diario ABC) lamentó la falta de conocimiento histórico y de reflexión con datos sobre los problemas,  que conduce a la manipulación de los hechos y a los populismos. Como botón de muestra adujo: “Ahora mismo muchos jóvenes de 17 años no saben quién es Ortega Lara.”

El debate político y social está incandescente, tanto en sus ámbitos más tradicionales, esto es, universidades, parlamentos, partidos y periódicos, como en las electrificantes redes sociales. Algunos hablan abiertamente de «batalla de ideas» o incluso de «guerra cultural». Para favorecer el diálogo intelectual, conviene precisar de qué se discute en el fondo. Este artículo lo aborda desde la perspectiva crítica con la postmodernidad.

El estudio de estos debates escapa al objetivo y al espacio de estas páginas; pero subrayar su largo etcétera y atisbar su complejidad contribuye a que nos hagamos cargo del «escenario Waterloo”.

Podemos concluir que los dos términos de los innumerables debates están entre los que sostienen que en realidad nada es excesivamente verdad y los que mantienen que existen la realidad y la verdad. Para los primeros, todo depende de la cultura y la sociedad, o sea, de la imagen y el relato, esto es, de la voluntad subjetiva. El hombre es una tabla rasa donde escribiremos, prometeicos, cuanto queramos. Por otro lado, están aquellos que defienden la consistencia de lo existente, incluyendo las instituciones, las tradiciones o el cuerpo humano.

Estos términos de la cuestión se exponen en el ensayo Postmodernism Rightly Understood. The Return to Realism in American Thought (1999) de Peter Augustine Lawler. La afirmación de que la existencia humana no tiene un fundamento estable es el fundamento (valga la paradoja constitutiva) del postmodernismo. Mientras que la postura contraria sería «el retorno al realismo».

Con una salvedad terminológica: en vez de «postmodernos», que es una etiqueta que no entusiasma a los aludidos por ella, Lawler llama «hipermodernos» a los defensores actuales de la relatividad moderna estirada hasta sus últimas consecuencias. Reserva la etiqueta de “postmodernos” para los que repudian el rechazo a la realidad distintivo de la modernidad. Aquí, usaremos el término «postmoderno» tal y como se utiliza habitualmente. Entendemos las razones de Lawler, pero un cambio de términos tan radical confundiría. Además, el uso corriente refleja una evolución interna muy clarificadora.

Los Protomodernos creían que bastaba una comprensión profunda del mundo para asistir a su progreso inevitable. Es la postura de los ilustrados, de Darwin y de Hegel. Los modernos, esto es, los revolucionarios, se dan cuenta de que eso no basta: propugnan una comprensión científica e ideológica, sí, pero para orientar su acción, que adquiere el papel protagonista. De ahí el afán por hacerse con el poder y dirigir con mano de hierro la transformación progresista de la realidad. Los postmodernos son modernos desengañados, que incrementan, homeopáticamente, su dosis de ilusión.

Han experimentado en carne propia que, sin disolver la realidad o comprimirla al tamaño de sus deseos, jamás lograrán el ansiado progreso. El nihilismo típicamente postmoderno, por más que se adorne de razones metafísicas, no será sino la consecuencia lógica de su necesidad de empezar de cero en una tabla rasa para escribir ex nihilo la condición del hombre y la sociedad.

Los antipostmodernos son quienes se oponen (en los campos más diversos, del arte a la zoología, pasando por la pedagogía) a esta última vuelta de tuerca. Frente al sueño de lo mejor, enemigo de lo bueno, ellos prefieren la vigilia esforzada de la realidad. Llamarlos «antipostmodernos» enfatiza esta resistencia. El término se crea a partir del ensayo Los antimodernos (Acantilado, 2007), de Antoine Compagnon (Bruselas, 1950). Rendimos de esta manera un homenaje al lúcido ensayo y a su autor, profesor de literatura francesa del Colegio de París, y además reclamamos para nuestros antiposmodernos la herencia de los estudiados por Compagnon y sus líneas maestras. Los antimodernos fueron tan irremediablemente modernos como los modernos, y son, incluso, quienes mejor han dado el paso a la posteridad.

Podrían multiplicarse nombres, libros y citas tanto de los postmodernos como de los antipostmodernos que prueban que ser o no ser es la cuestión. Dejemos que la fuerza profética de George Orwell, en su novela 1984, sirva de resumen: «Era como si alguna enorme fuerza te prensara […] persuadiéndote casi a negar la evidencia de tus sentidos. Al final el Partido anunciaría que dos más dos son cinco, y habrías tenido que creerlo. Era inevitable que hicieran algo así tarde o temprano; la lógica de su posición lo mandaba. No sólo la validez de la experiencia sino la misma existencia de la realidad externa era tácitamente gobernada por su filosofía. La herejía de las herejías era el sentido común […] El Partido te decía que rechazases la evidencia de tus ojos y tus oídos. Era su orden final y más esencial […] Lo obvio, lo tonto, lo verdadero, debía ser defendido. Las verdades son verdaderas, ¡aférrate a eso! […]Con el sentimiento […] de que estaba fijando un axioma importante, escribió: “La libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro”. Si eso está permitido, todo lo demás se sigue de eso».

Evo Morales Ayma sabía que no podía relanzarse a presidente, los bolivianos habían votado con un NO rotundo que reflejaba un 51, 45%. La oportunidad era de Álvaro Linera su vicepresidente.

Confluyen en este breve texto las líneas principales del pensamiento antipostmoderno: su prevención contra la teoría, su temor al Partido (o, dicho más contemporáneamente, a lo políticamente correcto), su amor por la realidad, su alegato a favor del sentido común y un llamamiento angustioso por la libertad de expresión.

A partir de aquí van encajando las piezas. Los títulos de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida son una perfecta metáfora de las más sólidas posiciones de la postmodernidad

Los políticos deben respetar y unificar ideas

Casi todas las discusiones se libran hoy entre los que denotan y los que connotan; y las zanja el poder. Están quienes siguen creyendo que las palabras tienen definiciones objetivas y racionales y los que piensan que son meros flatus vocis generadores de sentimientos positivos y negativos. Los primeros podrían explicar grosso modo sus ideas empleando un vocabulario accesible a un niño de 7 años sin que suenen ridículas; los segundos necesitan las sutilezas de sus mentes poderosas para deconstruir la literatura, el lenguaje y la realidad en muy brillantes ensayos.

A estas alturas, el lector habrá suspirado entre dientes: «Nihil novum sub sole», detectando unos ecos muy vivos del conflicto entre realistas y nominalistas en la Universidad Medieval. En un libro esencial de la biblioteca antipostmoderna,  Las ideas tienen consecuencias (1948), Richard Weaver ya advirtió este antecedente. Remonta el declive occidental al final de la Edad Media, cuando el nominalismo de Guillermo de Ockham comenzó a socavar a las viejas autoridades y puso a la subjetividad individualista al mando. José Ortega y Gasset coincide en el diagnóstico: «La desrealización progresiva del mundo había comenzado con el pensamiento renacentista» y de ahí hace descender, muy perspicazmente, la deshumanización.

El rechazo o la recepción del Aristóteles, adalid arquetípico de la realidad y del sentido común, podría servir de piedra de toque para situar las posiciones intelectuales del Waterloo actual, más allá de los colores políticos, de las afiliaciones religiosas, de las diferencias generacionales, de los concretos ámbitos de estudio o de las diversas nacionalidades. La defensa aristotélica de la justicia de Michael Sandel resulta un caso de manual, pero también la conciencia con que Raymond Aron arranca del Estagirita o el énfasis en la importancia de la herencia griega para Europa. Más sistemáticamente aristotélicos son Robert Spaemann y Alasdair MacIntyre.

Con todo, no es imprescindible remontarse a la Grecia clásica para identificar a los antipostmodernos. Un criterio más inmediato ofrece de nuevo el paralelismo con Antoine Compagnon. Para él, los antimodernos fueron aquellos que se enfrentaron abiertamente a la Revolución Francesa y a sus consecuencias teóricas y políticas. Para nosotros, los antipostmodernos son quienes reaccionan ante el mayo del 68, sus precedentes intelectuales y sus corolarios prácticos.

Roger Scruton ha reconocido que su posicionamiento filosófico nace del rechazo que le produjo asistir al Mayo francés. Luego lo ha argumentado sistemáticamente en un ensayo sobre los postmodernistas titulado nada menos que Bobos, fraudes y agitadores (2015). Augusto del Noce (Agonía de la sociedad opulenta, 1979) también mantiene posiciones muy críticas. Otros nombres indispensables: Marcello Pera, Václav Havel, Olavo de Carvalho, el Aquilino Duque de El suicidio de la modernidad (1984) y de El cansancio de ser libres (1992), Dalmacio Negro, Pierre Manent, E.D. Hirsch, Ignacio Sánchez Cámara… Cada cual, con sus características generacionales, ideológicas o estilísticas, pero todos sosteniendo los derechos y deberes de la realidad frente los cantos de la sirena utópica. Resulta muy clarificadora la Declaración de París (2017), manifiesto antipostmoderno, tanto por la nómina de sus firmantes como por el índice temático que se adivina tras sus postulados.

Joseph Ratzinger no necesita presentación. Desde la filosofía, ha hecho una aguda crítica al relativismo, siempre abierto al diálogo enriquecedor con quienes piensan de otro modo, como su ejemplar debate con Jürgen Habermas. Otro indispensable es el antropólogo francés René Girard, de formación académica estructuralista, que evolucionó hasta crear una fecunda escuela filosófica de hondas raíces humanísticas, implacable con los divertimentos del deconstructivismo.

La nómina de presidenciales en el Cono Sur, está muy abierta; y hay que añadirle todavía dos aberturas más. Una, por arriba, pues los antipostmodernos traen al presente (por su amor a la tradición y su respeto a la autoridad intelectual) a sus maestros. Además de los grandes filósofos (el ejemplo moral de Sócrates, Aristóteles, Tomás de Aquino, la Escuela de Salamanca) y los antimodernos (Burke, Tocqueville, Balmes, Newman), reivindican también a inmediatos predecesores. Podemos citar a Jan Patocka, Leo Strauss, Hannah Arendt, Romano Guardini, Jean Guitton, el T. S. Eliot ensayista, C. S. Lewis, el Wittgenstein de Culture and Value, Leonardo Castellani, Martin Mosebach, Julián Marías, etc.

Maduro, Evo, Cristina, Diosdado y Piñera desconocen estos nombres en el campo de la política, nunca han leído los procesos históricos.

El caso más paradigmático es el escritor inglés G. K. Chesterton, cuya envergadura como pensador, a pesar de que él nunca se tuvo más que como un «alegre periodista», no deja de crecer y ensancharse de forma muy transversal, rebasando los más ideológicos compartimentos estancos. Es natural: fue un pionero del sentido común y un fustigador infatigable del nihilismo, de las abstracciones y del complejo de superioridad de las elites intelectuales.

La segunda apertura ha de ser por la base. No cabe olvidar a los escritores (Compagnon afirma que la antimodernidad perdió la política, pero ganó la literatura) y artistas. Es una consecuencia directa de la defensa del sentido común y la atención a las cuestiones tangibles de la realidad. Cuando Miriam Moreno habla de Otra Modernidad (2018) en su estudio sobre el pintor Ramón Gaya apunta a esta otra relación más carnal con la vida. El mismo Gaya publicó en 1996 un manifiesto titulado cáusticamente Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica). Roger Scruton ha explicado en Conservadurismo (2018) cómo «los mejores intelectuales conservadores han dedicado parte de su atención a la naturaleza del arte y a los mensajes que contiene”. Las indígenas de Bolivia eran las esclavas de los blancos de Santa Cruz y les criaban los hijos a los izquierdistas, el padre de Fidel poseía una hacienda de 30 hectáreas y sus criados eran los vigilantes de sus hijos, entre ellos Raúl y Fidel Alejandro, sus hermanas viajaron para Miami prontamente. Los verdaderos izquierdistas son blancos y nunca negros, mestizos u indios.

La primera publicación importante de Burke, por ejemplo, fue un tratado sobre las ideas de lo sublime y la belleza. Las Lecciones sobre la estética de Hegel son la cumbre de su contribución al pensamiento del siglo XIX, y muchos conservadores culturales fueron también autores destacados, en verso y prosa: Chateaubriand, por ejemplo, o Coleridge, Ruskin y Eliot. Si se desea comprender totalmente lo que estaba en juego en Austria durante el debate acerca del orden espontáneo, no se deberían estudiar sólo los escritos de Hayek y su escuela. Igual de relevantes, a su manera, fueron las sinfonías de Mahler, los poemas de Rilke y las óperas de Hofmannsthal y Strauss». Todos de la oligarquía izquierdista de la época.

La abundancia de escritores antipostmodernos se explica, además, por la defensa del lenguaje y de la literatura sin deconstruir que está en el corazón de la resistencia a la postmodernidad. Más allá de los celebérrimos Michel Houellebecq o Cormac McCarthy, sin salir de España, hay novelistas como el marqués de Tamarón (muy pendiente, como ensayista, de las vicisitudes del lenguaje, por cierto) y poetas manifiestamente antipostmodernos como Luis Alberto de Cuenca o Miguel d’Ors, por citar apenas dos casos de contrastada calidad y fecunda influencia en las siguientes promociones de escritores y políticos de la vieja Europa.

Evo Morales Ayma cometió muchos errores estratégicos que comienza con una campaña débil por el falso idealismo que lo preconizaba y la carga de la pérdida de un referéndum presidencial, teniendo a sus manos la alternabilidad del poder representado en Álvaro Linera.

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño


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Emiro Vera Suárez (1217 noticias)
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