Una tarde de noviembre de 2010, apenas unos días antes de que WikiLeaks se convirtiese en un fenómeno global al revelar los documentos secretos del Departamento de Estado de EE.UU., Julian Assange se presentó con su abogado en el despacho del director de ‘The Guardian’, Alan Rusbridger.
Assange conocía de sobra las oficinas acristaladas del periódico en el norte de Londres, cerca de la estación de King’s Cross. Conocía personalmente a algunos de sus redactores, con los que se iba a comer cuando WikiLeaks era poco más que una idea y empezó con pequeñas filtraciones que necesitaban del altavoz de la prensa convencional (y progresista).
Pero aquella vez no se trataba de una charla amigable sobre cómo y cuándo se publicarían los contenidos de la filtración de WikiLeaks sino el comienzo de una larga enemistad.
Assange amenazaba con acciones legales contra el diario si publicaba los papeles confidenciales del Departamento de Estado, que le había pasado unos meses antes bajo la condición de que se harían públicos cuando él quisiese.
Sin embargo, uno de la larga serie de colaboradores de WikiLeaks decepcionados con Assange le pasó a 'The Guardian' los mismos datos por su cuenta, por lo que el periódico británico se sintió libre del acuerdo previo y decidió publicar los documentos por su cuenta y riesgo en coordinación con otros medios europeos como El País, Le Monde o Der Spiegel.
Más aún, le facilitó los documentos al 'New York Times' pese a la indicación expresa de Assange, que quería interrumpir su colaboración con el periódico estadounidense.
Según un artículo de Vanity Fair, un editor del Guardian resumía aquellos días con una frase: “Todo el mundo es un mentiroso”.
Según un artículo de Vanity Fair, un editor del Guardian resumía aquellos días con una frase: “Todo el mundo es un mentiroso”
Pocos días después de la publicación de los ‘cables’ de Wikileaks, Suecia pidió la extradición de Assange y se inició un largo proceso de año y medio que ha acabado con el fundador de WikiLeaks encerrado en la embajada de Ecuador.
Este jueves, tras un documental y una biografía no autorizada que ha enfrentado aún más a ambas partes, ‘The Guardian’ le dejaba a su antiguo socio un regalo ‘envenenado’: Cinco formas de escapar de la embajada de Ecuador.
Desde pedir una pizza, golpear al repartidor y pasar el resto de su vida llevando pizzas a domicilio hasta escapar con el helicóptero de Mohamed al-Fayed, el dueño de los almacenes Harrod’s o hacerse pasar por un miembro del equipo olímpico femenino y desfilar en los Juegos Olímpicos.
La última opción es la más creíble aunque en cierto sentido la más cruel: quedarse en la embajada y dedicarse a leer libros, dejarse barba y no poner de los nervios al personal de la embajada. “Sabes como puedes llegar a ser”, le espeta el periodista en su última frase.
Lejos, muy lejos, queda ese 28 de noviembre de 2010, cuando a las 20:00 horas tanto Assange como Rusbridger escribían una página para recordar en el periodismo reciente.
Al día siguiente, en una localización solo conocida por The Guardian, Assange terminaba con palabras dramáticas uno de los encuentros digitales más seguidos de los últimos años: “La historia ganará. El mundo será elevado hacia un mejor lugar. ¿Sobreviviremos? Eso depende de ti”. Casi 20 meses después el mismo periódico ha convertido la tragedia en comedia.
Autor: Pedroalberto (1265 noticias)
Fuente:
Visitas de esta noticia: 753
Tipo: Reportaje
Esta noticia se publica con licencia: Distribución gratuita