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La terrible poesía de Sylvia Plath (1932-1963)

13/01/2015 18:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Poeta y ensayista norteamericana que vivió solo 30 años. Procedente de una familia de ascendencia alemana, comenzó a escribir poesía a los 8. Padeció un trastorno psiquiátrico que la condujo a un primer intento de suicidio antes de los 17. Luego vivió en Inglaterra, obtuvo una beca para la universidad de Cambridge, donde continuó escribiendo poesía y conoció al poeta Ted Hughes, con quien se casó. Su poca salud y el divorcio la llevaron al suicidio en 1963. Su obra fue reconocida posteriormente gracias al impulso de su ex marido. Fue la primera poeta en recibir post-morten el Premio Pulitzer por el conjunto de su obra. Sus terribles poemas hablan de desolación y presagian la muerte.

image

image PAPI

Ya no, ya no,

ya no me sirves, zapato negro,

en el cual he vivido como un pie

durante treinta años, pobre y blanca,

sin atreverme apenas a respirar o hacer achís.

Papi: he tenido que matarte.

Te moriste antes de que me diera tiempo...

Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios,

lívida estatua con un dedo del pie gris,

del tamaño de una foca de San Francisco.

Y la cabeza en el Atlántico extravagante

en que se vierte el verde legumbre sobre el azul

en aguas del hermoso Nauset.

Solía rezar para recuperarte.

Ach, du.

En la lengua alemana, en la localidad polaca

apisonada por el rodillo

de guerras y más guerras.

Pero el nombre del pueblo es corriente.

Mi amigo polaco

dice que hay una o dos docenas.

De modo que nunca supe distinguir dónde

pusiste tu pie, tus raíces:

nunca me pude dirigir a ti.

La lengua se me pegaba a la mandíbula.

Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.

Ich, ich, ich, ich,

apenas lograba hablar:

Creía verte en todos los alemanes.

Y el lenguaje obsceno,

una locomotora, una locomotora

que me apartaba con desdén, como a un judío.

Judío que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.

Empecé a hablar como los judíos.

Creo que podría ser judía yo misma.

Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,

no son ni muy puras ni muy auténticas.

Con mi abuela gitana y mi suerte rara

y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,

podría ser algo judía.

Siempre te tuve miedo,

con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa

y tu recortado bigote

y tus ojos arios, azul brillante.

Hombre-panzer, hombre-panzer: oh Tú...

No Dios, sino un esvástica

tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.

Cada mujer adora a un fascista,

con la bota en la cara; el bruto,

el bruto corazón de un bruto como tú.

Estás de pie junto a la pizarra, papi,

en el retrato tuyo que tengo,

un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie,

pero no por ello menos diablo, no menos

el hombre negro que

me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.

Tenía yo diez años cuando te enterraron.

A los veinte traté de morir

para volver, volver, volver a ti.

Supuse que con los huesos bastaría.

Pero me sacaron de la tumba,

y me recompusieron con pegamento.

Y entonces supe lo que había que hacer.

Saqué de ti un modelo,

un hombre de negro con aire de Meinkampf,

e inclinación al potro y al garrote.

Y dije sí quiero, sí quiero.

De modo, papi, que por fin he terminado.

El teléfono negro está desconectado de raíz,

las voces no logran que críe lombrices.

Si ya he matado a un hombre, que sean dos:

el vampiro que dijo ser tú

y me estuvo bebiendo la sangre durante un año,

siete años, si quieres saberlo.

Ya puedes descansar, papi.

Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón,

y a la gente del pueblo nunca le gustaste.

Bailan y patalean encima de ti.

Siempre supieron que eras tú.

Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.

LA OTRA

Llegas tarde, lamiéndote los labios.

¿Qué dejé intacto en el umbral:

blanca Niké,

aullando entre mis muros?

Sonrientemente, azul relámpago

aceptas, como escarpia, el gravamen de sus partes;

Favorecido de la Policía, lo confiesas todo.

Cabello lúcido, limpiabotas, plástico viejo,

¿tan intrigante es mi vida?

¿Por eso agrandas tus ojeras?

¿Es por eso por lo que se alejan las motas de aire?

No son motas de aire, sino corpúsculos.

Abre tu bolso. ¿Qué es ese hedor?

Es tu calceta, asiéndose

asiduamente a sí misma,

son tus dulces pegajosos.

Tengo tu cabeza contra mi pared.

Cordones umbilicales, azulrojizos, lácidos,

chillan desde mi vientre, cual flechas, y cabálgolas.

O luz lunar, o enferma,

los caballos robados, las fornicaciones

circulan útero marmóreo.

¿A dónde vas

sorbiendo aire como kilómetros?

Lloran oníricos adulterios

sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo

te introduces entre yo misma

y yo misma? Araño como un gato.

La sangre que fluye es fruta mate:

un efecto, un cosmético.

Sonríes.

No, no es mortal.

ÚLTIMAS PALABRAS

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago

de atigradas listas y un rostro pintado, redondo

Más sobre

como la luna, que mire, quiero

estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo

entre minerales mudos, raíces. Véolos

ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.

Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.

Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses,

de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia

¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar!

Mi espejo se empaña:

unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada.

Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,

por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.

Un día se irá para no volver. Así no son las cosas.

Permanecen, sus luces idóneas se calientan

en mis manos frecuentes. Ronronean casi.

Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules,

mi turquesa, me darán solaz. Déjame

mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites,

que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes.

Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón

bajo mis pies, bien envuelto.

Conoceréme a mí misma. Seré noche

y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.

GIGOLÓ

Reloj de bolsillo, mi tic-tac es bueno.

Las calles son grietas de lagarto

escarpadas, con agujeros donde esconderse.

Lo mejor es encontrarse en un callejón sin salida,

un palacio de terciopelo

con ventanas de espejos.

Allí uno se siente seguro,

sin fotografías de familia,

sin aros en la nariz, sin gritos

brillantes anzuelos de pesca, a las mujeres se les corta

la sonrisa ante mi tamaño

y yo, con mi elegante ropa negra,

pisoteo un montón de corazones como si fuesen medusas.

Para alimentar

el sonido de violonchelo de los gemidos yo como huevos,

huevos y pecado, lo esencial,

el calamar afrodisíaco.

Mi boca se contrae,

la boca de Cristo

cuando mis fuerzas llegan a su fin.

El sonido de mis

doradas articulaciones, el modo en que convierte

maldiciones en murmullos de plata

extiende una alfombra a mis pies, un silencio.

Y no hay un final, no se termina.

Nunca maduraré. Jóvenes ostras

gritan de dolor en el mar y yo

reluzco como Fonteneblau

satisfecha,

la entera catarata de agua es un ojo

en cuyo remanso con lentitud

me inclino a contemplarte.

ESPEJO

Soy plateado y exacto. No tengo preconceptos.

Cuanto veo, lo trago inmediatamente

Tal cual es, sin empañar por amor o desagrado.

No soy cruel, sólo veraz:

Ojo de un pequeño dios, cuadrangular.

Casi todo el tiempo medito en la pared de enfrente.

Es rosada, con lunares. La he mirado tanto tiempo

Que creo que es parte de mi corazón. Pero fluctúa.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,

Buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.

Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las bujías o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Que viene y se va.

Todas las mañanas su cara reemplaza la oscuridad.

En mí ella ahogó a una muchachita y en mí una vieja

Se alza hacia ella día tras día, como un pez feroz.

CANCIÓN DE AMOR DE LA JOVEN LOCA

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama

Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:

Escapan serafines y soldados de Satán:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,

Pero crecí y olvidé tu nombre.

(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;

Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.

Cierro los ojos y el mundo muere.

(Creo que te inventé en mi mente). ( Versiones de Jesús Pardo y Cecilia Bustamante)


Sobre esta noticia

Autor:
John Miller (982 noticias)
Fuente:
blogdeleonbarreto.blogspot.com
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Tipo:
Reportaje
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Distribución gratuita
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