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Un viaje sin piel por el Quindío, Colombia

03/08/2014 14:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Con el sentimiento que a veces suele rondar en nuestro más humilde deseo de conectarnos con la naturaleza y con el afán del deber, cuento una anécdota propia sobre un lugar mágico que quiero compartirles

Lunes, 6:10 am suena el despertador, recuerdo que por mi mente pensaba ¿Por qué es que me levanto tan temprano y en vacaciones? Sin embargo, en el acto recordé que hacía apenas 6 horas terminaba de cuadrar una ruta, una ruta que supuestamente haríamos en cicla con los que me gusta llamar parceros, estaba Fréderic, alto, de piel morena, cabello crespo y corto, con un tatoo en su cuádriceps derecho el cual tiene un dibujo Irlandés de un duende con algunos elementos que pregonan  fortuna. Yo lo esperaba en la esquina del barrio donde acordamos. 15 minutos de retraso y apareció con el Mono, Luis Carlos, rubio, de ojos claros, cabello riso, y muy delgado, de las personas más amables que eh conocido, un poco de acné y la humildad emanando como aura y como si fuera poco biólogo, fuimos por el “primo”  alto, de piel blanca, cabello tirando a rubio, gracioso y adivinen primo de ¿Quién? Si de Fréderic, ya reunidos ultimamos detalles a las ciclas, una prestada sin cadena, otra desinflada sin frenos delanteros, otra buena y la más hermosa, Atena, si así se llama y si, es la mejor porque es mía, aunque no estaba muy bien de frenos que digamos y aparte tenia destrozado un pedal.

Cuadramos las ciclas lo mejor que pudimos, traje la herramienta equivocada, y pensé que llevaba el agua justa para la “rutita” de hoy. El Mono me tomo por sorpresa con un buñuelo recién hecho y pensé que mi desayuno pobre de 2 tostadas se había vuelto perfecto. La demora fue arrancar para que el Mono se anotara la gracia diciendo –no puedo más, me devuelvo- carcajeamos, seguimos a paso lento, nuestra primera meta era llegar al centro de la ciudad, arrancamos del sur de ella y mi querida Armenia de sur a norte es subida pura.  Coronamos, todo muy fácil hasta ahora, compramos lo que nos hacía falta para completar el equipo para el viaje (parches, borradores, grasa para la cadena oxidada que conseguimos y otras cositas)

 

Nuestra siguiente meta era la ciudad de Calarcá, pero no iba a ser posible si no podíamos con unos de los trayectos más duros de subida en una cicla, por lo menos para mí, no se para Nairo,  llamado Alto del Rio y antes de éste una bajada increíble, que para qué les menciono las caras de pánico del Mono, el Primo y la mía con los frenos que nos mandábamos, en fin, Coronamos el Alto de Rio pero nos dejó un par de problemas con la llanta trasera de Soto, Fréderic, se descovalaba.

¿Qué llevamos para almorzar, qué es ligero y fácil de preparar y de comer? Pues sandwish dijimos, menos el Mono, el Mono quería arroz Chino. Llegamos a la plaza de Calarcá, por primera vez en cicla y sentí como si hubiese sido la primera vez que iba, tomamos fotos de la conquista de la segunda meta, descansamos y la hora ya hacia  su afán propio, debíamos conseguir el almuerzo. Fuimos a la supertienda más barata, nos decidimos por comprar para hacer sandwish y cada uno llevaba de a paquete de pan tajado, su queso cuajada, de a paquete de mortadela, una barra de mantequilla que graciosamente le decíamos borrador por su forma rectangular y una gaseosa, todo por 5000 cada uno, si 5000 pesos. Muy encartados con el “almuerzo” y con el tiempo encima, arrancamos a nuestra tercera meta y la más dura de todas, tanto así que merece párrafo propio.

Soto me dijo que subiríamos toda la montaña  y yo pensaba que… no, no pensaba, solo aguardaba con ansias, me encantan los retos y este sería el más grande al que me enfrentaba, la oportunidad de medirme tanto física como psicológicamente. El Primo llevaba una pantaloneta del grupo de armería de la Policía o del Ejercito, no recuerdo, se la puso de revés, pues según relatan ellos, o sea, el Primo y soto, quienes ya habían hecho el recorrido en forma de caminata nocturna, una semana antes, de 10 horas, mejor dicho. Que en un trayecto escucharon 3 disparos salir de una pequeña finca campesina y que les daba miedo que de pronto fueran guerrilleros, solo querían asustarnos, e inocentemente yo le creí, no sé el Mono.

Empezamos a subir, el camino era en destapada pero fácil, algunos tramos eran tan empinados que tocaba llevar la cicla en las manos. Se empezaba a ver Armenia, y entre tanto tuvimos nuestra primera perdida, ¿no era por aquí? No, unos vecinos nos ayudaron, muy amables nos explicaron cómo se llega al Alto del castillo. Volteamos a la derecha antes del colegio como nos dijeron y la ruta nos llevó sola hasta la entrada más horrenda para cualquiera que monte cicla y era tan así que nos obligó a tomar nuestra primera merienda.

Barriga llena corazón contento, so dicho de mi tierra, sonreíamos, lo peor nos esperaba pero teníamos alma de guerreros, era la primera vez del Primo y del Mono en una cicla y ahora les tocaba cargarla al hombro, nos adentramos a una selva espesa, en un camino muy estrecho, se veía que solo pasaban caballos, nos preguntábamos si éramos los únicos estúpidos qué se les ocurría pasar con una cicla por toda la selva, Soto nos animaba, decía que valía la pena, lo cierto era que Atena mi cicla blanca y hermosa con cada paso que daba se hacía más pesada, aunque agradecido por estar rodeado de tanta naturaleza. El mono se empezaba a quejar y a quedarse un poco atrás, yo iba con todo de primero, Soto tras de mí, el Primo atrás de él y por último el Mono.

Llegamos a un camino más ancho, tomamos un respiro, llevábamos un cuarto de ladera, soto decía que faltaban como una hora y media para llegar a la punta, me empezaba a preguntar ¿en qué me metí? Mato lo poquito de moral que me dio el camino más ancho. Solo podíamos llevar las ciclas arrastras, el cansancio se apoderaba de nuestros cuerpos, pero  más del Mono, el primo iba como un tiro, hasta que llegamos a una pequeña finca en la que aprovechamos para deleitar la vista, primero porque un niño jugaba con su tractor de juguete, su felicidad por lo menos a mí me contagiaba, y por otro lado se veía todo Calarcá, era enorme. Tomamos fotos, agua y seguimos.

Subíamos y subíamos, parábamos por todo y el tiempo nos taladraba, llegamos a un plan, era increíble, me subí en Atena y pedalee, uff por fin, los parceros también lo hacían, que va, no duro nada, era un pedacito, paramos a tomar agua y tomar algunas fotos, arrancamos y el mono más adelante me dijo –parce dejó el bolso tirado- ¿deje mi bolso? No, como siempre yo, haciendo la misma, ¿cómo es qué no eh botado mi cabeza? Seguimos, ya no hay vuelta atrás, el clima no ayudaba, el camino vuelto $%&·/" por los caballos, se acababa el agua, se acabó. El Primo ya no se ve, cogió mucha ventaja, tal vez lo desanimaba el tiempo sabía que estábamos cogidos de la noche. No lo volvimos a ver hasta que llegamos a las torres, mientras tanto lo dábamos todo por llegar, mi piernas temblaban, el Mono arrepentido, decía graciosamente que mejor se hubiera ido para otro lado. A este punto no importa nada solo quieres llegar, tienes todo en contra, escalando una montaña con una cicla en tus manos y la mente traicionándote, solo te dice, VUELVE.

Llegamos al lugar más maravilloso del Quindío, una vista que cura el cáncer, una vista eterna, jamás lo olvidare. Todo lo que padecimos subiendo la montaña se cosecho en tremendo paisaje

El camino empieza a mejorar, vuelve a empeorar, tuvimos otra oportunidad de montar en las ciclas, hice un video gritando a todo pulmón me sentía feliz, retome mi pensamiento de guerrero, pero más adelante el camino era espantoso y volvíamos a lo mismo de las 3 horas más largas del día. Mientras que Soto anímicamente decía faltan 15, casi llegamos. El Mono atrás pero firme, estaba muy golpeado físicamente y decidimos parar. Conversamos, si, fue excelente, hablamos de videojuegos y de qué estaríamos haciendo, por supuesto, el Primo ya llegaría a las torres.

Casi llegamos solo falta darle la vuelta a la montaña, ¿a qué hora pasamos la mitad de la montaña? No importa, lleguemos ya, dimos lo último, hasta llegar a un pequeño cubo de cemento  y Soto dijo –llegamos- no me pregunten qué fue lo mejor que escuche en todo el día. Aun así faltaba una pendiente gigante pero pavimentada, lo logramos, llegamos al lugar más maravilloso del Quindío, una vista que cura el cáncer, una vista eterna, jamás lo olvidare. Todo lo que padecimos subiendo la montaña se cosecho en tremendo paisaje, se veía todo el Quindío, cómo no amar eso, cómo no volver a nacer, cómo hacer para que usted que lee esto entienda que no es solo una vista, es un sacrificio y una recompensa,   Dios y su creación, yo y la inmensidad.

Bebí agua, por fin, mis compañeros igual, el Mono se desaforo con dos bebidas gaseosa, el Primo que ya había llegado tenia mal contadas 5 bolsas de agua vacías, imagino que las devoro y Soto tampoco aguanto las ganas, como quien ve a unos infelices iluminados por un  poquito de gracia, como el mismo paisaje, como calmar las ganas, simple, tomamos y tomamos, recuperamos la parte física pues la espiritual como ya dije nos la devolvió el paisaje. Es hora de que el paisaje quede a nuestras espaldas.

Esta parte es liberadora, un poquito frustrante, qué digo poquito, muy frustrante pero necesaria. Comenzamos con bajar, palabra nueva en nuestro vocablo, camino plano y ancho también palabras nuevas, Soto y el Primo no recordaban muy bien el camino hacia Salento y claro, quién se acuerda bien de un camino en el que solo se pasó una vez y de noche… Bajábamos felices, el bosque tenía su magia pero entre tanta alegría el grupo noto una cara de pánico desconcertante, era el Mono, otra vez los  frenos, cuando bajas por la ladera de una montaña en bicicleta antes que llantas se necesitan buenos frenos, paramos, arreglamos los frenos con un nudo en la propia guaya y seguimos, pasamos por algo que Soto ya me había comentado pero que yo no me esperaba encontrar, una cancha de futbol 8 en plena montaña con porterías elaboradas en la más fina madera de pino y bancas para las tribunas, bueno, no traíamos balón, lástima.

Pedaleábamos, el camino nos llevaba y nos acercaba a una finca llamada Buenos Aires que sería el punto de referencia de la pérdida más eterna y frustrante en la que yo podía participar, unos metros después de la finca hay 2 caminos, giramos a la izquierda, 1 kilómetro más adelante hay otros 2 caminos y volvimos a girar al mismo lado, parecía un terreno en el que trabajaban talando árboles, El primo y Soto, Atrás se les veía dudosos de si ese era el camino correcto, seguíamos bajando unos 20 minutos hasta llegar a un camino horrendo con pocas marcas de auto, solo una bestia de vehículo pasaba por ahí y lo peor nos esperaba. Llegamos al final del camino, era una entrada a una finca -devolvámonos- ¿es enserio? Mi moral se fue al piso, intentaba asimilar que debía subir de nuevo al punto anterior del cual nos demoramos 20 minutos en bajada y ahora era subiendo, jum. No hay tiempo que perder, recuerdo que en ese camino se veía como un fuego hacia inclemencia con una porción de otra montaña, y este panorama sería más frecuente de lo que yo quería que fuera, que infierno.  Llegamos al punto anterior, me sentí otra vez bien, bajamos por la derecha esta vez, bajamos unos 7 minutos hasta encontrarnos con otra pesadilla, se acabó el camino, la madre… sin decir nada nos bajamos de las ciclas y empezamos a subir trotando, de nuevo en aquel punto ya sabíamos que nos equivocamos en el camino que esta después de Buenos Aires, era a la derecha.

 

Subida pero al menos era el camino correcto, pronto encontramos de nuevo la bajada, el tiempo nos acosaba y nos preguntábamos si Salento sí era viable, de todos modos paso algo gracioso, el que iba mejor de frenos después de un mal intento de creerse Mariana Pajón o  no sé quién, salió volando de la bicicleta, terminando en un arbusto, con la cicla encima y riendo por la pregunta de los premios del día, yo le pregunte a soto ¿no me diga que se cayó?  No sé qué me paso, creo que fue la travesía o la altura, en fin, que pregunta tan boba, devuelta a Soto, le quedó molestando el hombro derecho todo el resto de camino.

El viento estaba delicioso, bajábamos sabiendo que no llegaríamos a Salento pues se estaba poniendo el sol, yo solo pensaba en un buen baño y mi cama, llevaba como 8 horas en esto, los valía, faltaba llegar a la Nubia y aún faltaba toda Armenia, pues salíamos al norte y vivimos en el sur, no hace falta decir que el Mono, el Primo, Soto y yo estábamos pedaleando con las meras ganas de llegar, pues no teníamos meses de entrenamiento ni el físico ideal, pero la voluntad del hombre todo lo puede, el caso es que preguntando a cada persona que podíamos llegamos a la vía Chagualá de noche, pues la marcha era lenta. Llegamos a Armenia con un eje roto, sucios y victoriosos.

Quiero sembrar una moraleja en las personas que lean esto, moraleja que nos dejó esta travesía, que nos enseñe a valorar lo que tenemos y que el Quindío es más de lo que merecemos. Todo lo que hagas por amor propio y te reclame sacrificio será recompensado, depende de lo agradecido que se sea, que con poco se puede hacer lo imposible, que si 4 jóvenes sin pinta de nada, con ciclas de hierro conquistaron la cima, usted mi querido amig@, bueno en lo que hace, es imparable.


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Autor:
Juan Posada (1 noticias)
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